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A partir de entonces, consagré todo mi tiempo libre a mis animalitos. Lloré y grité cuando se llevaron a mi perro. Por lo que entendí, parece que mi regalón fue a parar a una taberna.

Era un animal extremadamente sensible y no soportaba los gritos. En un ambiente como ese no iba a sobrevivir mucho tiempo. Yo eso lo sabía muy bien. Me quedé con mis dos gatos. En las noches dormían sobre mi cama.

Pero durante el día, no me necesitaban. No tenía deseos de salir a pasear completamente sola. Esperaba con impaciencia que fueran las cinco de la tarde: En ocasiones, me reunía con Kessi y algunos compañeros de la pandilla justo después de almuerzo y fumaba todas las tardes.

Por eso no me inquietaba fumar hachís. De tarde en tarde aparecían los anfitriones que se las daban de moralistas. Pero la mayoría de ellos reconocían que se sentían tentados por fumar.

Venían de la Universidad, del movimiento estudiantil en donde se consideraba totalmente normal fumar hachís. Esos consejos no nos daban ni frío ni calor.

Uno de los muchachos les preguntó francamente: Piensan que sabe lo que hace. Por mi lado, ya no me contentaba con fumar. Cuando no estaba drogada, bebía vino o cerveza. Aprovechaba mis salidas de clases o en la mañana cuando me iba al colegio.

Necesitaba estar todo el tiempo un poco evadida, un poco rodeada de nubes. Deseaba escapar de toda esa mierda de escuela y de esa mierda de casa La escuela, de todos modos, llegó a fastidiarme completamente. Físicamente también había sufrido un gran cambio.. Flotaba dentro de todos mis pantalones.

Mi rostro se había hundido. Pasaba mucho tiempo frente al espejo. Mi nueva apariencia me agradaba. Al final perdí mi apariencia inocente, mi rostro infantil. Estaba obsesionado con mi físico. Obligué a mi madre que me comprase pantalones ajustados que asemejaran una segunda piel en mi cuerpo y zapatos con tacones altos.

Me peinaba con una raya al medio y mis cabellos largos tapaban mi rostro. Quería lucir un aspecto misterioso; nadie debía reconocerme en el día y nadie podía dudar de lo sensacional que era tal como lo demostraba a través de mi nuevo ''look''. Una noche me encontré con Piet en el Hogar Social y me preguntó si yo había realizado un ''viaje''. Comprendí que hablaba de LSD. Me di cuenta que no me había creído. Pero Piet no me creyó absolutamente nada. Te convidaré un poco'' agregó.

Esperé el fin de semana con impaciencia. A mi llegada al Hogar Social, Kessi ya se había iniciado en ''viajar''. Me pasó un rollo de papel de cigarrillos. Allí encontré un pedazo de comprimido. No me lo podía tragar tal cual delante de todo el mundo. Por otra parte quería otorgarle una cierta solemnidad al acontecimiento. Al final, me fui a encerrar al baño y me tragué el asunto. A las diez, hora del cierre del Hogar, todavía no sentía nada especial.

Acompañé a Piet al metro. Nos encontramos con Frank y Paulo, dos amigos suyos. Ellos respiraban una calma extraordinaria. En ese instante no les presté atención alguna.

Estaba ocupada en lo mío. El comprimido comenzaba a hacerme efecto. A esas alturas, yo deliraba. Tenía la impresión de estar al interior de una caja de conserva o de alguna mezcolanza junto a una cuchara gigante. Con eso quiero decir que lucían sus rostros habituales, los muy puercos…Fue entonces cuando los pude ver mejor, que me di cuenta hasta qué punto tenían un aspecto vomitivo, los burgueses de siempre.

Debían de venir de regreso de sus asquerosos trabajos. Después verían la tele, de allí a sus camas, y a recomenzar la faena: Yo pensaba para mis adentros: De contar con la pandilla. Esas eran las mismas ideas que cruzaban mi mente durante mis siguientes ''viajes''. Yo miraba a Piet. Estaba contenta de encontrarme afuera. Todas las luces eran de una intensidad increíble. En el Metro sentí frío. Después me dio mucho calor.

Tuve la sensación de estar en España y no en Berlín. La luz era deslumbrante. No le comenté a Piet que estaba volada. Piet, que estaba volado también, propuso que fuéramos a la casa de una amiga. Una chica a la que el quería mucho. Era probable que los padres se encontraran ausentes. Me vino una crisis de angustia. Los pilares de cemento oscilaban…. Luego, al pensar que yo estaba volada me preguntó: No he dicho nada. Tienes las pupilas vagamente dilatadas''. Entonces el mundo se embelleció nuevamente.

Me senté sobre la hierba. Una casa, el vecindario, compartían un muro anaranjado resplandeciente. Se diría que el sol se había levantado para reflejarlos.

Las sombras danzaban como si quisieran borrarse ante la presencia de la luz. El muro se hundía y de repente pareció que iba a estallar en llamas. Nos fuimos a la casa de Piet. El tenía un talento de pintor impresionante. Me precipité enfrente del cuadro. No era la primera que lo veía y siempre había pensado que representaba a la Muerte. En esa ocasión, no me produjo miedo alguno. Comencé a sentirme invadida por pensamientos muy ingenuos.

Creí que ese esqueleto era incapaz de maltratar a un caballo tan vigoroso. Hablamos largamente acerca del cuadro. Cuando me iba, Piet me prestó algunos discos para ''aterrizar''. Entré a la casa. Mi madre, por cierto, me esperaba. Fue el eterno lío de siempre: La consideré absolutamente ridícula, gorda y grasienta enfundada en su camisa de dormir blanca y su rostro retorcido por la rabia.

Como los personajes del Metro. No abrí la boca. Justo lo indispensable y sólo frases cortas sin importancia. Ya no quería que me tocara. Yo me figuraba, en aquel entonces, que ya no necesitaba a una madre ni una familia. Ahora vivíamos en mundos completamente diferentes. Mi madre y su pareja por un lado y por el otro estaba yo, completamente sola.

Ellos no tenían la menor idea de lo que yo hacía. Pensaban que yo era una niña totalmente normal que atravesaba el difícil período de la pubertad. De todos modos, ellos no comprenderían. Y no hacían otra cosa que bombardearme de prohibiciones. En todo caso, eso era lo que creía.

Me apenaba verla regresar del trabajo, estresada y nerviosa, extenuada, para comenzar con las labores domésticas. Me he hecho esa pregunta en numerosas ocasiones. La respuesta es simple: No me quería rendir ante la evidencia de que mi hija se había iniciado en las drogas.

Mantuve los ojos cerrados el mayor tiempo que pude. Mi pareja, -el hombre con el que vivía después de mi divorcio- estaba sospechoso de la situación hacía tiempo.

Pero yo le decía: Al cabo de un me pregunté a mí misma porque ella actuaba así. Me tomé las cosas muy a la ligera. Sin duda, cuando uno trabaja, no se preocupa lo suficiente de lo que les sucede a nuestros hijos. Por cierto, Christianne llegaba, en ocasiones, con retraso. Pero ella siempre me daba una buena excusa y yo tendía a creer lo que ella me decía. También traté de justificar su creciente rebeldía como algo típico de su edad y pensaba que se le iba a pasar.

Yo no quería ser exigente con Christianne. Personalmente, sufrí mucho en mi adolescencia por ello. Tuve un padre extremadamente severo. En el pueblo de Hesse, en el que nací, era un ciudadano notable, dueño de una cantera.

Su educación consistía exclusivamente en prohibir. Si yo tenía la desgracia de hablar con muchachos- sólo conversar con ellos-, ya era merecedora de un par de bofetadas. Yo me paseaba con una amiga. Dos muchachos nos seguían, a unos cien metros de distancia. Y de pronto, por casualidad, pasó mi padre por allí.

Se detuvo en seco, bajó de su auto, y me dio una bofetada en plena calle, me introdujo en el auto, y me llevó de regreso a casa. Tenía dieciséis años en esa época y sólo penaba en una cosa: Mi madre era una mujer con un corazón de oro. Pero ella no tenía derecho a opinar en estas cuestiones. Yo soñaba con convertirme en una mujer culta, pero mi padre me obligó a realizar estudios de comercio para que así pudiera llevar la contabilidad en su empresa.

Fue en esa época que conocí a mi esposo, Richard. El también estudiaba para satisfacer los deseos de su padre. Al comienzo, lo nuestro se inició como una relación amistosa solamente.

Mi padre decidió impedir que me viese con él. Tenía dieciocho años cuando esto ocurrió. Richard tuvo que suspender sus estudios y nos fuimos a instalar al Norte, al pueblo en el que vivían sus padres. Nuestro matrimonio fue un completo fracaso. Desde el comienzo, no podía contar con mi marido a pesar de mi embarazo, me dejaba sola durante noches enteras. El sólo pensaba en su Porsche y en sus grandes proyectos.

El quería ser, a toda costa, un individuo destacado. Repetía constantemente que antes de la guerra su familia había sido prominente y que sus abuelos eran propietarios de un diario, de una joyería, de una carnicería y de algunas haciendas. Aseguraba que el podía perfectamente llegar a tener su propia empresa. En ocasiones, se obstinaba en montar un negocio de transportes, después en la venta de automóviles y también en asociarse con un amigo en un negocio de horticultura.

Y en la casa, se desquitaba con las niñas. No me atrevía a interponerme porque las pequeñas lloraban. Era yo la que aportaba la mayor parte de los ingresos que requeríamos para subsistir. Cuando Christianne tenía cuatro años encontré un buen trabajo en una agencia matrimonial. En ocasiones, me vi. Después de dos años, las cosas marcharon relativamente bien. Luego Richard se disputó con mi jefe y perdí mi trabajo.

Richard había decidido abrir una agencia matrimonial a todo vapor. Con sede en Berlín. Nos trasladamos en Yo esperaba que este cambio de escenario le brindaría una nueva oportunidad a nuestro matrimonio. Richard no encontró los medios necesarios para desenvolverse. Todo comenzó a ser como en el principio. Su ira la volcó en las niñas y en mí. Una vez, en uno de esos períodos encontró trabajo en el comercio. En el fondo, el era incapaz de resignarse a ser como los otros habitantes de Gropius: Yo pensaba a menudo en el divorcio pero me faltaba coraje para tomar una resolución definitiva.

La poca confianza en mí misma que me había inspirado mi padre, mi marido se encargó de destruirla. El sentimiento de ser considerada, de hacer algo nuevamente, me devolvió las fuerzas. Dejé de aceptar totalmente a mi marido. Comencé a considerar ridícula su megalomanía. Hicimos varios intentos de separarnos pero nunca resultaron. Y también a causa de nuestras hijas. No podía encontrar un par de vacantes en un jardín infantil para las pequeñas, y por otro lado, tampoco podía costear ese gasto.

Es por eso que yo estaba tan contenta cuando sabía que Richard estaba en casa de cuando en cuando… Así fue como comencé a aplazar mi decisión. Finalmente, en , me sentí lo suficientemente fuerte para reparar en mi error. Fui a ver a un abogado y solicité el divorcio. Debía abrirse paso libremente, sin exigencias. Yo deseaba ser una madre moderna. Lo que ocurrió posteriormente fue que me demostré demasiado permisiva.

Una vez que obtuve el divorcio, tuve que buscar un nuevo departamento para vivir. Encontré uno por marcos mensuales con garaje incluido aunque no lo necesitaba porque no teníamos auto. Era mucho para mí pero no tenía otra alternativa. Quería abandonar a mi marido y deseaba, a cualquier precio, que las niñas y yo pudiéramos iniciar una nueva vida.

Richard no tuvo que invertir en una pensión alimenticia. Me dolía el corazón el no poder ofrecerles un hogar confortable a mis hijas. Ahora que me había divorciado deseaba que esa situación cambiase. Quería tener, finalmente, un bonito departamento en el que las tres nos sintiéramos contentas. Para eso trabajaba, para realizar mi sueño. Perseguí ese propósito con obstinación y entusiasmo. Las niñas pudieron tener un bonito cuarto y ellas mismas eligieron los papeles de los muros y los muebles a su gusto.

En pude comprarle un tocadiscos a Christianne. Todo aquello me llenaba de alegría. A menudo, les compraba confites cuando regresaba a casa después de la oficina. A veces, cualquier tontería. Pero yo me sentía tan contenta de poder comprarles cualquier cosa en esas grandes tiendas…Por lo general, se trataba de artículos que estaban rebajados: Ellas se me arrojaban al cuello.

Ahora me doy cuenta, por supuesto, de que era una forma de tranquilizar mi conciencia, una compensación a cambio de mi falta de dedicación a ellas.

Debí prestar menos importancia al dinero y ocuparme de mis hijas en vez de trabajar tanto fuera de casa. Hasta la fecha no logro comprender bien mi actitud. En todo caso, a fuerza de haber escogido una opción negativa como lo fue el procurar tener una decoración atractiva en mi casa, perdí completamente de vista las prioridades reales. Cambié el sentido real de todas las cosas al punto que siempre me reprocho nuevamente que dejé a mis hijas libradas a su propia suerte.

Tampoco se me pasó por la mente, en aquella época, que ella había comenzase a rodar por una mala pendiente. Observaba muy bien lo que ocurría a nuestro alrededor, en nuestro barrio, Gropius. Allí había riñas todos los días. Se bebía de vez en cuando y no era extraño ver a un hombre, o a una mujer, o también a un adolescente, perdidamente borrachos y tirados en el piso.

Yo pensaba, honestamente, que estaban encaminadas por la buena senda. Por las mañanas, las niñas iban al colegio, al mediodía ellas se preparaban su almuerzo, y en la tarde a menudo iban al club de los ponys.

Ambas sentían una verdadera pasión por los animales. Al cabo de un tiempo, todo funcionaba bien, aparte de algunas escasas escenas de celos entre las niñas y Klaus, mi pareja, que se vino a vivir con nosotras.

El era, en cierto modo, mi tabla de salvación. Pero cometí un grave error: Richard se sintió solo y le prometió un montón de cosas. Por lo tanto, Christianne se empezó a encontrar sola cuando regresaba a casa después del colegio.

Comenzó a tener malas compañías. Pero yo no me daba cuenta de nada. Pasaba, a menudo las tardes con su amiga Kessi, lo que me parecía muy razonable para su edad. Y la madre de Kessi controlaba de vez en cuando a las dos niñas. Éramos vecinas y así como Christianne iba a la casa de Kessi, ésta a su vez frecuentaba la nuestra. Ellas tenían entre doce y trece años, la edad en la cual se empieza a sentir curiosidad por todo, a desear tener experiencias. Tampoco encontré nada que objetarles cuando iban por las noches al Hogar Social, el centro juvenil patrocinado por la Iglesia Evangélica.

Yo estaba convencida que entre aquellas personas, Christianne se hallaba en buenas manos. Por eso mismo, ni en mis peores pesadillas habría soñado que allí fumaban hachís.

Por el contrario, después de ver a Christianne tan triste después de la partida de su hermana podía apreciar en ella a una adolescente muy alegre. Después de trabar amistad con Kessi se comenzó a reír de nuevo.

Se ponían a hablar un montón de tonterías que ni yo podía impedir reírme. Mi familia era la pandilla. Con ellos encontré la amistad, la ternura y aquellos sentimientos que se asemejan al amor. Cada uno le aportaba al otro una pequeña dosis de ternura y amistad. Los problemas en la pandilla no existían.

Nadie fastidiaba a los otros con sus problemas familiares o laborales. Pero yo me sentí espectacular… Tuve la impresión de haber aprobado un examen.

Y después ocurrieron algunas cosas dentro del grupo. Se empezó a sentir una sensación de vacío. La hierba y los ''viajes'' ya no nos estimulaban realmente. Estamos habituados a sus efectos y aquello ya no nos provocaba sensaciones especiales, era como permanecer en la normalidad. Una tarde, un miembro de la pandilla llegó al Hogar y anunció: Me tomé dos comprimidos de Efedrina- era un estimulante- sin saber lo que estaba tragando.

Tuve que hacer un esfuerzo. De repente, en el Hogar comenzó a circular todo tipo de comprimidos. Aquella vez, el mundo me pareció maravilloso y mis compañeros de pandilla, encantadores. Durante las semanas siguientes arrasamos con todas las farmacias.

En la escuela las cosas iban de mal en peor. Renuncié a realizar mis deberes escolares. Por las mañanas no estaba nunca lo suficientemente despejada- Pasé de curso. Pero era justamente en aquellas materias que había aprobado en donde justamente encontraba las mayores dificultades: La manera cómo nos trataban, - y las formas como se comportaban los muchachos entre ellos, me parecía abominable. Recuerdo como estallé ante un profesor que nos habló acerca del medio ambiente. No había que tomar apuntes ni nos daban lecciones para estudiar en casa.

El bla bla bla del profesor me exasperaba y consideraba que no pasaba la materia que era la que realmente importaba. Fue por eso que en una ocasión exploté y vociferé: Es la manera en que las personas deberían aprender a vivir armónicamente entre ellas.

Así eran las cosas en la escuela. Ocurría lo mismo con las otras clases. Había un profesor al que me gustaba verlo sentado -porque el sólo hecho de verlo de pie me irritaba- y desde mi asiento, lo insultaba. La escuela me tenía realmente hastiada. Nadie le tendía una mano al otro y cada cual velaba por lo suyo propio y basta. Los profesores aplastaban a los alumnos.

Ellos sustentaban el poder. Eran ellos los que ponían las notas. Y a la inversa, si caían en manos de un profesor bonachón y que no sabía imponerse, eran los alumnos los que hacían gala de un poderío colectivo. Yo estaba consciente de aquello pero eso no me impedía molestar en las clases cada vez que se me ocurría. Mis compañeros no entendían que yo lo hacía porque me daba cuenta que el profesor había dicho en ese momento una estupidez cualquiera.

Sin embargo, tampoco se daban cuenta cuando yo intentaba hablar en serio, cuando decía que la escuela era una mierda…. En el fondo eso no me importaba mayormente porque mis intereses residían en ser reconocida por los muchachos de la pandilla. Y en la pandilla, toda esa mierda, la competencia, el stress, etc. Pero al mismo tiempo terminé por sentirme con frecuencia un poco aislada y participaba cada vez menos de las discusiones.

De todos modos, siempre hablaban de lo mismo: Por lo general, me sentía tan deprimida, que no sentía ganas de hablar y sólo aspiraba a estar absolutamente sola en mi rincón. En el ínter tanto descubrí un nuevo objetivo: Toda la ciudad estaba repleta de afiches que anunciaban: Los muchachos de la pandilla iban con frecuencia pero no admitían menores de dieciséis años y yo recién había cumplido trece. Falsifiqué la fecha de mi nacimiento en el carné de identidad escolar pero igual sentía temor de que no me dejasen entrar.

Yo sabía que en la ''Sound'' existía La Parva, lugar de encuentro entre drogadictos y revendedores. Allí había de todo, desde hierba hasta heroína pasando por el Mandrake y el Valium. Yo pensaba que ese sitio estaba repleto de tipos caperuzos. Un lugar fabuloso para una niña como yo que de Berlín sólo conocía sólo el trayecto entre Rudow y el sector de Gropius. Yo ya había programado muchas veces ir a ese sitio con los otros pero nunca me resultó. En una ocasión, Kessi y yo ideamos un plan de batalla preciso: Nuestras madres cayeron en la trampa.

Una amiga de Kessi llamada Peggy era un poco mayor que yo vendría con nosotras. Nos juntamos en su casa para esperar a su novio, Micha. Kessi, con aire de importancia me explicó que Micha se inyectaba heroína. Yo estaba fascinada, impaciente por conocerlo. Era la primera vez que iba a conocer a alguien que yo supiera en forma fehaciente que se inyectaba.

De repente, nuevamente me afloró el complejo de inferioridad. Micha nos trató con mucha condescendencia. Sin duda, me sentía muy inferior a él.

Tomamos el Metro hasta la estación Kürfunstenstrasse. En esa época, eso significaba para mí un largo trayecto. Me sentía muy alejada de casa. El lugar tenía un aspecto deprimente. Estaba lleno de chicas con aspecto de vagabundas. No tuve duda alguna del los sitios en los que se desempeñaban…. Vimos también a unos tipos que caminaban con un tranco muy lento.

Peggy dijo que eran revendores. Nos fuimos a la ''Sound''. Cuando me encontré en el interior, casi me fui de espaldas. Nadie me contó ni imaginé nunca lo que vi. La gente brincaba en la pista de baile y cada uno bailaba por su cuenta. El lugar olía mal y había olor a vino en el ambiente, en general. De vez en cuando, un ventilados, removía los efluvios….

Me senté en un banco y no me atrevía a moverme. Tenía la impresión de ser observada, que todo el mundo tenía la impresión que yo no tenía nada que hacer allí. Kessi entró apresuradamente al baño. Dijo que nunca había visto tantos minos juntos. Yo estaba como petrificada. Los otros andaban premunidos de alguna droga y tomaban cerveza. Yo no quise tomar nada. Pasé toda la noche delante de dos jugos de frutas. Si me hubiera escapado habría regresado a mi casa.

Esperé hasta las cinco, hora del cierre. Durante un instante deseé que mi madre se enterase de todo y que me viniera a buscar. Si de pronto hubiera podido verla a mi lado…. Las otras me despertaron. Eran las cinco de la madrugada. Kessi dijo que regresaría con Peggy. Tenía un espantoso dolor de estómago. Nadie se preocupó de mí. Completamente sola, me encaminé a la Kürfurstentrasse para dirigirme a la estación del metro.

El metro estaba repleto de borrachos. Sentí deseos de vomitar. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan contenta de abrir la puerta del departamento y de ver salir a mi madre salir del cuarto para acostarse. Cogí a mis dos gatos y los llevé junto conmigo hasta mi cama y me acurruqué bajo los cobertores. Te equivocaste de camino''. Me levanté al mediodía, todavía media atontada.

Deseaba hablar con alguien acerca de lo que me había ocurrido. Entre los chicos de la pandilla, nadie me comprendería… Eso ya lo sabía. No podía conversar de aquello sino que con mi madre. No sabía cómo comenzar. Mi madre me miró horrorizada. Es un centro nocturno enorme. También hay un cine''. Por su lado, mi madre me dirigió uno de sus habituales reproches.

Esperé que me hiciera preguntas. Ella estaba estresada nuevamente porque ese domingo al mediodía tuvo que asear, cocinar y discutir con Klaus.

No tenía ganas de trenzarse en una discusión conmigo. Yo no tenía valor para hablar. Por otra parte, yo no estaba totalmente consciente de tener deseos de hablar. Al fin de semana siguiente, Kessi vino a pasar la noche a mi casa, tal como habían convenido nuestras madres. La arrastré hasta mi casa. Yo también había tomado algo pero todavía no se me hundían los ojos. Kessi se plantó en la mitad de la calle y se extasió al contemplar que dos autos alcanzaron a frenar justo delante de ella.

Me vi obligada a arrastrarla a la vereda para que no la aplastaran. La deposité luego en mi cuarto. Pero mi madre, por cierto, se puso en estado de alerta de inmediato. Kessi y yo tuvimos la misma alucinación: Y permanecía inmovilizada en el umbral de la puerta.

Aquello nos provocó un ataque de risa que nos impedía parar de hacerlo. Veía a mi madre transformada en un dragón. Y, poco a poco, me habitué a la ''Sound''. Habíamos decidido pasar toda la noche en la ''Sound'' y - como de costumbre-, ambas mentimos al decir que la una se iba a alojar en la casa de la otra. Eso funcionó siempre bien porque ninguna de las dos teníamos teléfonos en nuestros domicilios. Por lo tanto, ninguna de ambas madres podía espiarnos. Nos fuimos al Hogar Social donde se consumieron diez botellas de vino y después hicieron una mezcla espantosa de drogas.

Yo ya conocía esa canción. La Efedrina, en algunas ocasiones, provoca crisis de remordimientos. Sin embargo, cuando noté que Kessi había desaparecido, me sentí desfallecer. Tenía una vaga idea en dónde la podría encontrar y me largué en dirección al Metro. Dormía estirada encima de un banco. En el suelo había un cucurucho de papas fritas, que se habían deslizado por su mano caída. Antes de que lograse despertarla se detuvo un carro del metro y de allí descendió la madre de Kessi. Ella trabajaba en un sauna y entraba alrededor de las diez de la noche.

Descubrió a su hija que estaba durmiendo supuestamente en mi casa. Le propinó un par de bofetadas: Se escuchó cómo restallaban. Kessi se despertó con vómitos. Este par de bofetadas que se brindaron en la estación del Metro sirvieron para dos cosas. A Kessi le prohibieron volverme a ver para siempre y de allí en adelante la encerraron en su casa todas las noches.

La pandilla no me aportaba gran cosa. Ellos eran ahora mis ídolos. Ahora estaba casi siempre parqueada. Kessi recibía cien marcos para su mesada y eso nos alcanzaba para comprar hierba y comprimidos.

En lo sucesivo, debía encontrar la forma de obtener dinero por mi cuenta, porque lo necesitaba para ''volar''. No tenía con quién ir a la Sound y empecé a partir hacia allí completamente sola. Ya no me bastaban dos comprimidos. Ahora necesitaba cuatro o cinco. Me detuve en el Hogar Social para mendigarle a alguien que me comprara una bebida semi-alcohólica y me largué hacia el Metro. Me alegraba muchísimo cuando en cada estación íbamos recogiendo clientes para la ''Sound''. Se notaba de inmediato: Aquellos eran mis ídolos, los ídolos de la ''Sound''.

En la escala de la ''Sound'' me tropecé con un chico. Me miró y murmuró algo. Era alto, delgado, con cabellos largos y rubios y con un aspecto extraordinariamente calmo.

Permanecimos en la escala para iniciar una conversación. Me sentía increíblemente bien. Fue el primer chico que encontré realmente sensacional. Para mí, ese fue el primer flechazo y era la primera vez en mi vida que sentía un sentimiento tan importante por un hombre.

Atze me presentó a sus amigos. Era una pandilla espectacular, realmente una maravilla. Partí de inmediato al baño. Ellos se quedaron conversando acerca de drogas y los nuevos métodos para ''aterrizar'' y diferentes maneras de realizar ''buenos viajes''.

Yo sabía tanto como ellos aparentaban saber. También hablaron de heroína. Estuvieron de acuerdo en reconocer que era una porquería y que era preferible volarse los sesos que involucrarse con esa porquería.

También pude opinar acerca de ese asunto. Adelgazaba tanto que todas las semanas me tocaba estrechar mis pantalones. Fue por eso que les pude contar algunos trucos: La pandilla me adoptó de inmediato sin que tuviera que hacer el menor esfuerzo por lograrlo.

Y me sentía con tal confianza en mí misma, tal calmada, que ni yo misma lo podía creer. En la pandilla le decían '' el bañista''. En aquella época el tenía una novia. Ella era una chica me caía podrida. Y cuando contaba una anécdota todos se doblaban en dos de la risa. Siempre decía lo preciso y lo conciso. Y yo la admiraba por ello. Había sólo un tipo del que había que desconfiar: Podía ser muy hiriente si se lo proponía.

Blacky de inmediato emitió un comentario retorcido.. Había que poner mucha atención en lo que se decía delante de él. Había otro muchacho que tampoco me gustaba mucho: No lo podía tolerar. Sin embargo, los chicos mencionados no constituían ni la mitad de esta nueva pandilla. Cuando regresaba en el Metro, me sentía inundada de bondad. Aterrizaba muy dulcemente, sentía una agradable sensación de cansancio, y por la primera vez en mi vida, sentí que estaba enamorada. Atze era tierno, lleno de atenciones.

En nuestro tercer encuentro en la ''Sound'', el me besó y yo le devolví su beso. Eran besos muy castos. Esa era la gran diferencia que existía entre los alcohólicos y los drogadictos La mayor parte de los drogadictos son muy sensibles ante los sentimientos ajenos, al menos, eso ocurría entre los miembros de mi nueva pandilla.

Los alcohólicos, cuando atracaban, se arrojaban encima de las chicas. Nosotros no, nosotros teníamos ideas totalmente diferentes acerca de las cosas importantes. Atze y yo éramos como hermano y hermana. El era mi hermano mayor. Eso me daba la impresión de estar protegida. Atze tenía dieciséis años, era aprendiz de vidriería y detestaba su oficio.

El tenía ideas muy precisas acerca de cómo debía ser una chica excepcional. Para complacerlo, cambié de peinado y en una tienda usada me compré un abrigo el tenía un sobretodo. Un abrigo maxi con una rajadura en la parte trasera. Dejé de regresar a casa cuando cerraban la ''Sound'' porque me quedaba con los amigos de la pandilla. En ocasiones, permanecíamos juntos durante todo el domingo.

Le conté a mi madre lo que había ocurrido con Kessi, pero me inventé un par de compañeras que supuestamente me alojaban en las noches durante los fines de semana. Tenía una desbordante imaginación para relatarle a mi madre cómo y con quienes compartía los wikenes…Durante la semana me reunía siempre con la antigua pandilla en el Hogar Social.

Pero los sentía un poco distanciados, con un aire misterioso. A veces, les hablaba de mis aventuras en la ''Sound''. Yo creía que ellos me admiraban. Había hecho mayores progresos que ellos. Y desgraciadamente, varios de mis compañeros del Hogar me siguieron los pasos. En la ''Sound'' había todo tipo de drogas. Yo consumía de todo menos heroína: También probaba un montón de mezclas y por lo menos dos veces a la semana, me compraba algo que me permitiera ''viajar''.

Todo esto liberaba un combate descarnado dentro de nuestros organismos y por ello era que nos provocaban unas sensaciones tremendas…Uno podía escoger el estado anímico que deseaba disfrutar: Si prefería estar sentada tranquilamente en mi rincón o ver un film en el cine de la ''Sound'' tragaba Mandrakes y Valiums Al cabo de algunas semanas flotaba en las nubes a causa de mi buen humor.

Justo hasta un espantoso domingo. Al llegar a la ''Sound'', me encontré en una escalera con Uwe, un chico de la pandilla. Noté que Uwe tenía una voz extraña e intuí de inmediato: Me quedaba una esperanza: Atze estaba allí totalmente solo.

Nada había cambiado, me abrazó y después guardó mis cosas en su casillero. En la ''Sound'', las provisiones se guardaban siempre en un casillero, o de lo contrario, a una la desvalijaban.

Se sentó en forma muy natural junto a nosotros. Ella era parte de la pandilla. Me distancié un poco y me dediqué a observarla.

Era muy diferente de mí, bajita, regordeta, siempre sonriente. Ella era muy maternal con Atze. El no me quiere dejar por esta gorda idiota. Esa Moni es de ese tipo. Por otra parte, esa noche no tomé nada. A mi regreso, ya habían desaparecido. Los busqué como una loca por todas partes. Los encontré en el cine. Todos comprendieron lo que me ocurría. Detlev pasó su brazo alrededor de mis hombros. Atravesé la calle y me oculté en un parque que estaba enfrente de la ''Sound''.

Lloré como mala de la cabeza. De repente, noté que Detlev estaba a mi lado. Me pasó un pañuelo de papel y también otro, después. Estaba demasiado preocupada por mi dolor para notar su presencia. No quería volver a mirar a Atze. No habría podido soportar mirarlo a los ojos mientras lloraba delante de todo el mundo por su culpa. Pero Detlev me llevó de regreso a la ''Sound''. De todos modos, era bueno que regresara a la ''Sound'' porque Atze tenía la llave del casillero en donde había guardado mis cosas.

Decidí ir entonces al cine para pedirle la llave. Pero no tenía el valor para quedarme allí después de recuperar mis cosas. Pasaron casi dos horas. Plantada delante de la ''Sound'', no sabía hacia dónde dirigirme. Tenía unas enormes ganas de evadirme. Pero no tenía un cobre. En eso pasó un muchacho de mi pandilla del Hogar Social: Yo sabía que el vendía LSD y que siempre tenía mercadería de la mejor calidad. Le pedí que me diera la cantidad necesaria para pegarme un ''viaje''.

El me pasó un cristal - de calidad ''extra''- sin preguntarme el porqué tenía una necesidad tan absoluta de realizar un viaje a semejante hora. Después decidí bajar a bailar. Bailé durante casi una hora y me moví como una loca. Pero no lograba emprender vuelo. Pantera debió de haberme tomado el pelo. Afortunadamente, habían varios compañeros del Hogar Social esa noche en la ''Sound''. Quería ver a Piet para contarle lo que me había ocurrido esa noche con Atze. Pero Piet también andaba volado con LSD y su mente estaba en otra esfera.

Se contentó con decirme: Me comí un flan de vainilla mientras me repetía a mí misma: La vida es una porquería''. Me levanté y me puse a bailar hasta la hora del cierre. Afuera me reencontré con los muchachos de la pandilla y también estaban Atze y Moni.

Atze se llevó a Moni a su casa. Nosotros nos dirigimos hacia el Zoológico. Alguien sugirió que podíamos ''aterrizar'' en una pista de patinaje del Europacenter. La noche estaba tibia. Me deslicé en aquella agua imaginando que caminaba sobre el mar. Escuché un brusco ruido de vidrios quebrados: Uno de ellos atravesó el vidrio partido, abrió un cajón y nos arrojó un cartucho con monedas. El lugar, en donde trabajan entre 60 y 80 mujeres diariamente, ofrece también shows personalizados por 90 mil pesos.

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